Por Héctor Sandoval Zamora, Asesor y docente en seguridad y prevención.
Las proyecciones climáticas para la zona central de Chile indican un escenario que exige atención y preparación. Más allá de cuánto llueva finalmente, lo importante es entender que la prevención no puede comenzar cuando la emergencia ya está en desarrollo. Es ahora cuando deben activarse los planes, actualizarse, revisarse las capacidades y fortalecerse los mecanismos de coordinación entre instituciones y dejar claro cuáles son sus obligaciones y las expectativas que la comunidad tiene de ellos.
La experiencia nos demuestra que las emergencias no se transforman en crisis por la intensidad del fenómeno, sino por la falta de preparación, coordinación y respuesta. Por ello, resulta fundamental que organismos públicos, municipios, establecimientos educacionales, empresas públicas o privadas y comunidades comiencen desde ya a trabajar sobre ocho áreas clave:
Infraestructura: revisión de techumbres, drenajes, canaletas y sistemas de evacuación de aguas lluvias, soporte de carga.
Seguridad eléctrica: protección de tableros, iluminación de emergencia y respaldo energético, para emergencia.
Prevención de derrumbes: evaluación de quebradas, taludes y zonas de riesgo y acciones para evitar desastres.
Control de riesgos por viento: poda preventiva y revisión de estructuras expuestas.
Gestión de emergencias: actualización de protocolos y coordinación con organismos de respuesta, difusión a los usuarios de los planes.
Protección de las personas: capacitación, simulacros y vías de evacuación seguras.
Continuidad operacional: asegurar que los servicios esenciales puedan seguir funcionando, seguridad, comunicaciones, salud, educación y organismos del ecosistema de seguridad.
Prevención de incendios forestales: control de vegetación y preparación para la temporada estival.
Particular importancia tienen los establecimientos educacionales, donde la seguridad de estudiantes y trabajadores exige una planificación rigurosa y permanente. La revisión de instalaciones, la actualización de los planes de emergencia y la coordinación con las autoridades no pueden seguir postergándose.
Estos ocho ejes, que pueden ser más incluso, no deben entenderse como tareas aisladas, sino como componentes de una estrategia integral de prevención. La seguridad no depende de una sola institución, sino del trabajo articulado entre el Estado, los municipios, los establecimientos educacionales, las empresas, los organismos de emergencia y la propia comunidad.
Hoy todavía estamos a tiempo. La prevención no genera titulares ni produce imágenes impactantes, pero es la herramienta más eficaz para proteger vidas, reducir daños y asegurar la continuidad de nuestras actividades. Los próximos meses exigirán liderazgo, planificación y capacidad de coordinación. La mejor emergencia sigue siendo aquella que nunca llega a producirse porque las decisiones correctas fueron adoptadas a tiempo.
La invitación es clara: que cada institución revise sus vulnerabilidades, genere escenarios, active sus planes sectoriales, fortalezca sus capacidades y trabaje coordinadamente con los demás actores del ecosistema y territorio. Porque cuando la prevención se convierte en una tarea compartida, la seguridad deja de ser una aspiración y pasa a transformarse en una realidad.
En seguridad y gestión de emergencias existe una máxima que nunca pierde vigencia: no podemos evitar todos los fenómenos naturales, pero sí podemos reducir significativamente sus consecuencias cuando existe preparación, coordinación y voluntad de actuar antes que ocurra la emergencia. Ese es el desafío que tenemos por delante, y también la responsabilidad que no podemos eludir.
¿Usted y su familia están preparados, tienen un plan para la emergencia?.





