Como médico, me preocupa profundamente que en Chile todavía sigamos tratando la salud mental como una “segunda prioridad”, especialmente en regiones como Región de Valparaíso, donde el desgaste del sistema ya es visible incluso para quienes no trabajan dentro de la red asistencial. Lo que hoy vivimos no es solo un aumento de consultas por ansiedad, depresión o trastornos del ánimo. Estamos frente a una crisis sanitaria estructural que mezcla listas de espera, sobrecarga clínica y una respuesta estatal que simplemente no alcanza.
En la práctica médica diaria uno ve cómo la espera también enferma. Y enferma rápido. Un paciente que tarda meses en acceder a psicoterapia o psiquiatría no queda “en pausa” hasta que llegue su hora médica. El cuadro avanza, se cronifica, afecta el trabajo, deteriora vínculos familiares y muchas veces termina transformándose en una urgencia evitable. Esa es probablemente una de las grandes falencias del sistema: seguimos midiendo prestaciones, pero no el daño acumulado de llegar tarde.
Otro fenómeno preocupante es cómo el medicamento comienza a reemplazar al proceso terapéutico. Los psicofármacos son herramientas válidas y necesarias cuando están bien indicadas, pero no pueden transformarse en la única respuesta frente a problemas complejos. Hoy vemos pacientes sostenidos casi exclusivamente con ansiolíticos o antidepresivos porque simplemente no existe acceso oportuno a seguimiento psicológico especializado. Y eso tiene consecuencias: dependencia, deterioro cognitivo, licencias prolongadas y estancamiento terapéutico.
La situación se vuelve aún más delicada en una región golpeada por desigualdades territoriales y eventos traumáticos recientes como los megaincendios. El impacto psicológico colectivo no desaparece cuando se apagan las cámaras ni cuando termina la emergencia. Las secuelas aparecen meses después, cuando ya no quedan equipos suficientes en terreno.
A mi juicio, el problema de fondo ya no es únicamente clínico: es de gobernanza sanitaria. La salud mental necesita redes comunitarias robustas, atención primaria fortalecida, datos transparentes y continuidad terapéutica real. Porque cuando el sistema posterga la salud mental, el costo finalmente aparece igual: en licencias médicas, deserción escolar, crisis familiares y pérdida de productividad.
Normalizar que una persona espere meses por ayuda psicológica es aceptar silenciosamente que el sufrimiento puede administrarse por turnos. Y eso, desde la medicina y desde cualquier mirada humana responsable, simplemente no debería parecernos normal.
Dr Danilo Quiroz
Médico




